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"Gabinete de Curiosidades": Cuando las colecciones de las niñeces se transforman en ciencia

Una alianza entre Cecrea y la Universidad Autónoma de Chile permitió desarrollar una experiencia piloto de divulgación científica, donde la curiosidad y el afán coleccionista de la infancia fueron puerta de entrada al pensamiento crítico y la investigación. La Ligua fue el primer lugar donde se exhibió el primer “Gabinete de Curiosidades”, ahora es el turno del resto del país.

¿Qué tienen en común una colección de piedras del Cerro La Campana, un mazo de cartas de juegos de rol y un conjunto de semillas recolectadas minuciosamente? A simple vista pueden ser objetos aleatorios que niños, niñas y jóvenes guardan, coleccionan y atesoran.

Sin embargo, si los ponemos bajo la lupa del “Gabinete de Curiosidades”, se convierten en elementos de investigación y el punto de partida para transformar su curiosidad natural en pensamiento científico, incentivando la capacidad humana de observar, clasificar, investigar y asombrarse.

La iniciativa surge gracias al convenio entre Cecrea y la Universidad Autónoma de Chile, mediante su Centro de Comunicación de las Ciencias. Durante 2025, se instaló en Cecrea La Ligua para desarrollar esta experiencia piloto, donde el equipo local transformó la propuesta en un laboratorio creativo que comenzó en julio y terminó en noviembre.

Con el éxito alcanzado y la gran exposición que culminó el proceso, se dió pie para replicar la experiencia durante 2026 en todos los Cecrea a lo largo del país. Para ello, se hizo envío de las denominadas “Cajas Semilla”, que contienen todos los elementos necesarios para que los niños, niñas y jóvenes participantes salgan a explorar, recolectar, investigar y, finalmente, exhibir su entorno.

De todo esto nos contó Paulo Gonzalez, contraparte del proyecto desde la Universidad Autónoma, quien profundizó en los aspectos más relevantes de esta experiencia piloto y su proyección.

¿Cómo resuena este proyecto y esta iniciativa con las infancias actuales?

La curiosidad humana está en todas las edades, solamente que cuando somos niños estamos mucho más abiertos a dejarnos llevar por ella. Creo que este proyecto en particular, por cómo se llevó a cabo en La Ligua, resuena especialmente con la capacidad de identificar aquello que a las niñeces actuales les importa.

El laboratorio derivó hacia las colecciones que ellos mismos tienen, así se trabajó sobre la idea del coleccionismo y el por qué atesoran los objetos. Es interesante cómo eso se mezcla con el pensamiento científico. Uno diría: "Oye, pero ¿qué tiene que ver que un niño esté juntando sus láminas, mitos y leyendas o sus figuritas de los Super Zings?". 

Y la respuesta es que hay un pensamiento sistemático, un cuidado de la colección, una manera de organizar, una forma de investigar. Hay un pensamiento que el día de mañana podría aplicarse en otro contexto muy distinto.

¿Cómo se logra que este proyecto, con esta visión de cultura científica, se despliegue como una práctica abierta y situada en un territorio particular?

Lo fundamental primero es el trabajo en equipo. Si no fuera por el excelente equipo que hay en Cecrea La Ligua, su natural interés y apropiación del proyecto, esto no sería posible. Ellos tienen la mayor pega: tener el contacto con las infancias, crear un grupo, detectar a los niños y niñas que se interesan, identificar sus colecciones, mantener el interés, explicar. 

Ese es el trabajo fundamental para transformarlo en un proceso creativo que sea interesante y atractivo para sus participantes.

En ese sentido, ¿cuál fue el principal desafío de unir este mundo académico universitario con el de los NNJ y la libertad creativa que caracteriza a Cecrea?

Creo que siempre la parte más difícil somos los propios adultos, más que los niños y niñas. Porque tiene que ver con desbloquear, primero, una mirada de la cultura científica y de la ciencia, que sigue siendo sumamente conservadora en Chile. Acá aún existe esta idea del conocimiento como “algo superior” como si hubiera una especie de “hegemonía cultural” que no permite que el conocimiento experto circule por la ciudadanía de otras maneras. Ese es el principal desafío.

La gracia es que el Centro de Comunicación de las Ciencias de la U Autónoma tiene esta mirada de cultura científica bastante más abierta, que conecta con la particularidad de Cecrea de empoderar a los niños, niñas y jóvenes para que armen los laboratorios según sus propios intereses. 

Eso tiene que dialogar con una estructura que busca una estabilidad a largo plazo, ya que es un proyecto que tiene etapas. Equilibrar eso siempre es una pega, pero el equipo de La Ligua tiene los méritos de saber hacerlo.

¿Crees que los niños, niñas y jóvenes son coleccionistas por naturaleza?

Sí, creo totalmente que hay algo ahí. Es que hay un proceso cognitivo en el juntar y aprender a identificar aquello que se parece a otras cosas, que te permite organizar el mundo. Lo vimos en las experiencias con los álbumes, las láminas, los tazos. 

También fue un aspecto interesante ver que la mayoría había heredado colecciones de sus papás, de sus abuelos o de sus tíos, y enganchaban muy rápidamente con la misma idea. Hay un reconocimiento de lo que es un conjunto de objetos que tiene distintas características y que puedo organizar. 

Esa forma de pensar es muy humana, muy propia del pensamiento científico; y responde también a este interés de construcción identitaria: yo soy lo que colecciono, porque mi colección refleja mis intereses. 

Cuatro pasos para descubrir el mundo

Inspirado en los Gabinetes históricos del siglo XV —precursores de los museos modernos—, el proyecto se basa en el impulso humano de curiosear y coleccionar objetos llamativos y/o significativos. Para ello, se implementó una metodología basada en cuatro fases claras, que fortalecen el componente científico del modelo Cecrea:

  1. Explorar: Salir al territorio con ojos de investigador. Se realizaron expediciones, desde visitas a museos y archivos locales hasta recorridos por el Cerro La Campana e incluso se les invitó a explorar sus propios hogares.
  2. Recolectar: El momento de identificar y seleccionar aquello que se desea atesorar.
  3. Investigar: Esta es la etapa crítica donde surgen las preguntas. ¿De dónde viene este objeto? ¿Cuál es su historia o composición? Aquí, los participantes aplicaron herramientas de búsqueda de información que los convirtieron en expertos de sus propias colecciones.
  4. Exhibir: El proceso culmina al compartir el hallazgo con la comunidad, montando una muestra museográfica que pone en valor sus intereses. Esto fue el Gabinete de Curiosidades.

¿En cuál de estas cuatro etapas notaste mayor asombro o transformación por parte de los NNJ?

Yo diría que la exploración es fundamental. Los puntos más importantes fueron usar el pie forzado y una mirada exploratoria para visitar los museos, el Cerro La Campana, recorrer las calles de la ciudad, revisar los archivos históricos del Museo de La Ligua.

En segundo lugar, el proceso de exhibición. Porque fue más forzado al principio, debido a que fuimos a ver los museos para tener una referencia. Pero el momento de ver sus muestras armadas fue de gran asombro, y al final se sintieron muy orgullosos de su propia exposición.

¿Cómo se validan las emociones o las historias personales para que un objeto se considere digno de ser investigado científicamente?

Ese es un punto que se da en un relato paralelo. Parece todo un tema de objetos, de cosas, pero en realidad lo que pasa primero es la conexión emocional con sus familias o con quienes sembraron el interés por las colecciones. Después está la relación con sus amigos con quienes intercambian objetos, y también su relación con ellos mismos, con su construcción identitaria. Están esos tres planos. 

Mencionaste que había desde cartas hasta juguetes. ¿Cuál es el valor científico que se le da a un objeto cotidiano como una carta o un juguete?

Por un lado está el pensamiento científico general detrás de organizar, clasificar y distinguir; hay operaciones mentales asociadas a eso. Pero por otro lado está la etapa de investigación. Cada objeto abre un mundo, porque cuando algo llama nuestra atención, se abre para que podamos pasar toda la vida investigando. 

Esa conexión, que hoy puede ser con un juguete o una semilla, el día de mañana puede ser con el cuerpo humano, la geología o la botánica. Lo que busca el proyecto es poder fijarnos en qué es lo que le interesa a los niños, niñas y jóvenes, y que desarrollen las habilidades de investigación y organización con ese objeto, independiente de si es propio o no de la ciencia tradicional.

¿Cómo cambia la autoestima del participante cuando ve su colección montada, emulando una vitrina de museo?

Por un lado, está la relación con su colección. “Cuidarla es cuidarme a mí mismo en este momento, porque el objeto es una extensión de mí”. Hay un tema de autocuidado. Y luego, cuando las cosas estaban expuestas y entraron a la sala, hubo un asombro y un orgullo. "Oye, qué importante cómo se ve". Y también lo colectivo, “lo que todos juntos hacemos”.

¿Cuál fue el rol de las familias y amigos en la exhibición?

Muchos contaban que el origen de sus colecciones era la herencia de un abuelo, un tío o un papá. En ese momento, para las familias hay una valoración del mundo infantil completo. Lo que ves a partir de esta colección no es solo la colección, es una entrada al mundo del niño. Vi a familias muy orgullosas de ver a los niños tan empoderados con sus colecciones.

Y entonces, ¿cómo hacemos que los NNJ se sientan productores de conocimiento cultural y científico?

Primero, validar sus intereses y sus objetos. Pero ojo, no se trata de decir “ya, bacán tus juguetes, ahora hagamos ciencia de verdad", sino que de entender que el conocimiento está en sus objetos y en el mundo infantil el conocimiento es infinito. 

Segundo, debemos entregarles herramientas para que puedan defender sus propios intereses frente a un mundo adulto que a veces les dice que eso no es importante. 

¿Qué nos dice este proyecto sobre qué es lo importante para las niñeces hoy en día en Chile?

Que lo que atesoran es muy diverso. Pero yo lo resumiría en tres planos: construcción identitaria, nexo emotivo familiar y vínculos con los otros.

¿Ha cambiado tu visión sobre cómo se debe divulgar la ciencia a las infancias?

Sí, ha cambiado. Uno va aprendiendo siempre. En general hay una visión bastante conservadora, pero creo que hay que flexibilizar los objetivos. La cultura científica no es la cultura de los científicos, sino cómo los conocimientos, prácticas y perspectivas de la ciencia circulan por la sociedad. 

Ver cómo los niños entienden y ponen en práctica eso es más interesante que decirles cómo lo tienen que hacer. La ciencia surge de un comportamiento radicalmente humano: tener curiosidad.

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